martes, 25 de agosto de 2026

20 años y sigo sin perdonarte, mamá

Lo normal es que una madre se lo perdone todo a un hijo. Y viceversa. Pero en mi caso, y pese a tener a la mejor madre del mundo, hay algo que nunca le podré perdonar. 

Dejad que me explique, antes de poneros las manos en la cabeza tras semejante afirmación. 


Agosto de 2006. El Sevilla acababa de ganar su primera Europa League, la por entonces UEFA, lo que otorgaba el derecho de jugar otra final europea. Para ese Sevilla, todo un acontecimiento, aunque en los últimos 20 años haya jugado 12 más y haya malacostumbrado a su afición. El rival, el todopoderoso Barça que llegaba como flamante campeón de la Champions. Con una plantilla que contaba con un Ronaldinho en auge (o “prime” que se dice ahora), Messi, Eto’o, Valdés, Puyol, Deco, Xavi o Iniesta. 




La SuperCopa de Europa se jugaba cada año en Mónaco, a 700km de donde vivíamos. Mi padre consiguió dos entradas y su idea era irse conmigo, que es cierto que en esa época tenía solo casi 10 años. A mi madre le pareció una idea nefasta. Dejarla sola con mis hermanos en plenas vacaciones de verano, un viaje en coche quizá excesivo para mi edad y el argumento que acabó de hacer desistir a mi pobre padre “el Barça es mejor equipo y ganará seguro. No vale la pena tanto esfuerzo para perder.” Ante la contundencia de sus afirmaciones, mi padre, dócil, no osó contradecirla así que vendió las entradas y vimos el partido por la televisión. 



Resultó que el partido fue, o eso afirman algunos, el mejor de la història del Sevilla FC. Un repaso monumental a un Barça que no las vio venir. Renato avanzó a los sevillistas en el minuto 7, Kanouté puso tierra de por medio justo antes del descanso y Maresca, de penalti, puso el broche con un 3-0 para la historia. Para la historia también quedará la actuación de Puerta, que provocó el penalti y dejó una jugada maradoniana que Valdés paró.  


Ese Sevilla no escuchó a mi madre. Ese Sevilla no tenía miedos ni complejos. Un Sevilla histórico. Tan histórico como el mix de sentimientos que tuvimos mi padre y yo, entre una alegría enorme por la hazaña y una pena importante por el pensar que nos lo perdimos. 


20 años han pasado y, alguna vez que otra, todavía se lo recuerdo. Entre la guasa y la verdad, le digo que jamás se lo perdonaré. 


PD: mamá, te quiero.